lunes, 3 de diciembre de 2007

Felipe Moncada



LAS MESERAS

DEL RESTOBAR METRO UNIÓN




Ese gesto de cerrar las puertas del cooler

con el reverso de la pierna

o el de apoyar el codo en la barra

con la falda torcida a la cadera, enciende

a los bebedores del Restaurant Metro Unión

con un glamour de asientos de ferrocarril

y largo pasillo hacia el baño de neón verde.

Un aire de insomnio envuelve a la mesera

faldita roja con tablillas de liceana

frota una rodilla con la otra

con lo que parece ansiedad en la idea del cliente

pero que es frío o picazón

pues sus piernas son el espíritu del local

el horizonte de los taxistas trasnochados

y de los comerciantes que tranzan con odio

la venta del alma de las cervezas.

Otro bar pintado en barrio chino

con peruanos y carros de frituras.

Un viento enreda papeles en el callejón

cuando las meseras

abandonan el local sin aire de jazz

ni en taxi

a pie

escoltadas por un galán callejero, y luego solas

pues el tiempo se ha detenido en la calle

y sus tacos son el tic tac de un reloj fatal

cuando el llanto del infante

se echa a volar de alguna ventana sin luz.




EL OTRO GESTO

DE LA MESERA IMAGINARIA




Ese de limpiar el cerámico del muro

concentrada

como si de su labor dependiera

la llegada puntual del mes de abril

y su cataclismo de oro.




HOTELES




Los fugitivos de Motel Luz

buscan de plaza en plaza

el Hotel de las meseras invisibles

pero ellas han abandonado el escenario

y las peluqueras

duermen repetidas en camas con espejos.

Es la hora en que las parejas

se despiden con largos besos

dejando pasar las últimas micros

y los pasajeros del Sahara Inn, y del otro

el Hotel Muerte

(con balcones que dan al orín neoclásico

y a cortinas metálicas rayadas con spray)

lucen una piel amarilla

que sirve de faro a delincuentes y flacas mujeres

que venden películas en la vereda.

Ya los comerciantes

abandonan un topless de neón viejo

y los fugitivos se ocultan en la pieza 2

a reír con la televisión a todo volumen

mientras los náufragos del Hotel Metro

han perdido toda locomoción y se besan

entre papeles, que los aseadores nocturnos

han dejado volar, pues muy temprano

cuando las bailarinas hagan parar un taxi

o los panaderos aborden la primera micro

la calle será un puente de sol

una luz al final de la noche

que borra los hoteles de nuestra memoria.




ARIES

O

EL BAILE DE LOS ABANDONADOS

DE LA CIUDAD QUE NO QUISO SER

LA BAGDAD DE LOS BARES




El Wurlitzer cortocircuita una lágrima de neón

es tarde, si se puede dar nombre a las horas

en el bar hay luz eléctrica, bufones de psiquiátrico

y musas de contrabando, bajo la estrella del cabro

allí la poesía encarna baile de odalisca

convertida en temporero

por el mal genio de las chicherías

la mímica de un cantinero violador

que olvida su égloga de piernas con várices

y mantel de vinilo en florerías de la muerte

mañana el sol será una lámpara de penal

una gótica maniobra por sacudir la condena

de ser familiar en la fotografía.




TUGURIO 1950


Hay una calle, cerca de la estación de ferrocarriles, donde un almacén de esquina congrega a mecánicos y clientes.

Allí debes caminar sin ver la cara de los tres jóvenes rapados que avanzan por el medio de la calle, pues es el rostro de todos los hijos de Dios, cuando el grandísimo era un músico callejero, un artesano que vendía pájaros de totora, de pueblo en pueblo.

Debes mirar de reojo el bar sin nombre que tiene una mesa de pool, donde fuma uno de ellos, y memorizar en fracción de segundo; el piso de tierra, el televisor que muestra una fiesta sodomita, y las piernas de la vieja mujer que fuma un cigarro del invierno de 1950.

Debes retener el viejo anuncio de Mejoral y de un bar llamado Tren al Sur, y nunca olvides a la pelirroja en bicicleta, que te mira de reojo y entra en una puerta abierta de par en par, donde se adivina entre la pintura desconchada, la frase Hotel Apolo.




A LA MANERA DE R. JACOB & T. S. ELIOT




Como si Estación Central fuera el tiempo y toda esa gente colgando de las micros, o detenidos alrededor de un carro de frituras, comentaran un asalto con el cabo de guardia

o como si un repartidor del Boston Evening, se meciera en un trigal, más allá de los últimos vientos,

cuando el profesor, luego de revisar por tercera vez su carpeta, entra a un local de comida rápida, y ve por los ventanales, como la lluvia moja los suplementeros

y los paraguas son el ballet de amapolas negras, que ven pasar los desaparecidos en los trenes de la tarde

y los ambulantes improvisan refugios de plástico, o huyen con su mercadería, como si las escaleras fueran el tiempo y un indigente del tren subterráneo, recitara los yambos del fin del mundo, a los que suben y bajan, como si llegar fuera una posibilidad.




ESTACIÓN CENTRAL 23:00 HORAS




En los alrededores de Hotel Condena

un flaco escritor que morirá de tisis

vende películas porno

y toca el acordeón de los desesperados

pues la mujer oriental ha pasado llorando

con la puntualidad de los crímenes

bajo balcones donde se llenan de humo

las camisetas

y sobre la tumba de las palomas urbanas

los guardias de seguridad usan sus radios

para pedir auxilio al murciélago del deseo.




TEATRO MUNICIPAL DE VALPARAÍSO




Un viejo cantor popular, neo clásico y tinto

recibe los gritos del fervor chucheta

post siglo XX

con aires de motín, coro griego de cantina.

El teatro es del futuro, con topless y ópera gore

escaleras de mármol y ángeles de yeso.

El cantor simula mear al público

y él aúlla como conscripto luego de la golpiza.

y la galería responde borracha, cosas como ¡estamos

contigo Tito! ¡Lonconao! ¡Lonconao! gritos para llamar

a terneros perdidos, gritos para no morir de frío

pues un aire polar recorre las familias

una lejanía de los decorados, ya que en el escenario

madame Buterfly eructó al virrey de los choferes

& Duchamp & Tzara & Kandinsky, protagonizaron

la sátira de los viejos dadá

y un retrato pop de la virgen de las cavernas.







* Felipe Moncada M. (Quellón, Chiloé, 1973). Poeta que realiza estudios de Física en la Universidad de Santiago. Reside en la ciudad de San Felipe desde 1999. Ha publicado los libros de poemas Irreal, 2004 y Carta de navegación, 2006. Actual director de la revista La piedra de la locura, San Felipe.

En 2007 obtiene la beca a la creación literaria que entrega el consejo del libro y la lectura por su trabajo Músico de la corte.

1 comentario:

valeria dijo...

La poesía de Felipe, en mi cartera, viajando por borgileandea,
es preciosa.
Gelman dijo una vez;
"El poeta desorganiza el caos con loca exactitud"
Moncada tiene el pulso de un relojero, el ingenio de un astrónomo, el instinto de un navegante, y el peso de un físico.
de valeria, desde Buenos Aires.